viernes, 14 de septiembre de 2007

VINDICACIÓN DE GREGORY HOUSE

Supongo que todos sabrán de quién hablo. Se trata de un médico cojo, pegado a un bastón, unas zapatillas nike la mar de horteras, un par de camisas sacadas por fuera del pantalón, una barba de tres días, un par de ojos azules, una boca problemática y una cabeza privilegiada. Un tipo único, por lo raro y lo grande y lo exquisito. Un personaje imborrable, por lo complejo y lo matizado y lo distinto. Un hombre con la amargura de no ser feliz (como todos, pero que además lo sabe y le da vueltas). Un triunfador sin una Adrian a quien gritar “mira, lo he conseguido” desde el ring (la tuvo y sacó el cuajo suficiente como para pedirle que se marchara: “jamás podré hacerte feliz”). Y el protagonista de una de las mejores series de la historia de la televisión.
El Dr. House es la mirada glauca del capitán Alatriste. Las frases como dardos de Corto Maltés. Los whiskys solitarios de Philip Marlow. El gesto lento y torcido de Bogart. La honestidad del hombre que mató a Liberty Balance. La estoica chulería de aquél Núñez de Balboa que se sentó en la playa, ante su Océano recién descubierto, a esperar que subiera la marea, para que fuera el agua y no él quien diera el primer paso. El magnetismo de don Vito Corleone y la determinación de su hijo Michael. La sinceridad de quien no puede sino escudarse en la ciencia por no ahogarse en el mar de mentiras que corren sueltas, más allá de ella (“todo el mundo miente”). La firmeza del que es fiel a unos principios. El francotirador de lo políticamente correcto. La abnegación del que tiene una fe verdadera. La seguridad y el arrojo de saberse el mejor de todos. Los huevos que todos quisiéramos tener para jugárnoslo todo a una carta cada día, cada minuto, y ganar para hacerle un corte de mangas a la banca. La cabeza fría y el pulso firme de la verdad desnuda, despojada de todo tipo de adornos. La chupa de cuero y la moto de los rebeldes con mucha causa. El esqueleto lo suficientemente elegante como para no afeitarse y ponerse camisas arrugadas que, encima, le quedan bien. Y la ternura del tipo duro, que se empeña en salir de cuando en cuando. House es estas y otras muchas cosas. Estos y otros muchos hombres.
Hay quienes no le aguantan. Quienes ven en él una especie de recreación del mal. Una suerte de aborto de los valores morales mínimamente exigibles (el otro día un tal… no me acuerdo en “LaRazón”, por ejemplo). Nunca tan bien como aquí pudiera alegarse aquello del “desprecian cuanto ignoran”. Son esos que confunden lo borde con lo maleducado. Lo directo con lo malintencionado. El sarcasmo con el insulto. La ironía con la prepotencia. Los cursis, en fin, amantes de lo retorcido y las dobleces. Malditos sean.
De House puede y debe sacarse toda una filosofía de vida. Un manual de principios. Un diccionario entero de virtudes que no por muy mentadas a diario tienen validez alguna. Todo un arte de hacer sin ser visto, de intenciones no realizadas, de querer y no poder que constituyen la esencia de un personaje lo suficientemente complejo (“soy un tipo complicado, a las tías les mola”) como para servir de filtro entre el espectador activo y atento, del autómata que busca en el televisor una vía de escape facilona y a mano.
Lo escribió hace poco César Vidal: si algún día caigo enfermo, quiero que me cure él (en su hospital privado, claro). Como todos los tontorrones que se rasgan los ropajes al verle en acción.
Larga vida, pues, al Dr House.

1 comentario:

berti dijo...

Una descripción perfecta. Se nota la comprensión. Por mi parte confieso que me encanta el personaje -aunque albergo la duda de si en la realidad esto sería así: es un tipo demasiado complicado y profundo y escueto y cerrado y suyo- y sí, siento celitos de Cameron y de Stacy...