domingo, 23 de marzo de 2008

IMAGINANDO PARAÍSOS

…Y la vida siguió. Y siguió la gente madrugando,
y las horas pasando sin mayor novedad, y su hijo
creciendo,
y su marido tocándole el culo a una nueva secretaria,
y las noches del bar, esas sí, echándola de menos.
Nadie supo nunca dónde estuvo. Y pocos, muy pocos,
supimos que un día volvió.
Parecía una foto vieja y arrugada de la diosa
que había desembarcado aquella primera y lejana noche
en el bar, cuando casi se hizo de día,
con sus vaqueros alegres de tanga altivo y pendenciero.
Su prieta delgadez era ahora un polvoriento pellejo desinflado.
Su cara, como absorbida, todo osamenta y ojos.
Su pelo, una maraña gruesa, de un marrón casi gris.
Su manos ojivales, dos rastrillos de vicios y venenos.
Su esqueleto, una percha nostálgica y avergonzada.
Ni una palabra de lo sucedido. Ni una
sola respuesta a las preguntas que todos le hacíamos
con la mirada. Ni una sola explicación
de algo que, por otra parte, no tenía por qué contarnos.
Nos sonó a salmantino “decíamos ayer” cuando,
como si nada hubiese sucedido, nos preguntó
de qué se debatía, qué mapa verde o roto
andábamos tratando de arreglar.
Al cabo, aprovechando una cierta
dispersión de los presentes, me apretó fuerte
la mano, acariciándomela con su pulgar huesudo,
en un gesto levísimo y breve y, sin embargo,
cargado de infinita ternura al que sólo supe
responder con una ahogada sonrisa cómplice.
Justo antes de marcharse, me lo dijo: “¿Sabes, amor?
Más de una vez he sonreído recordando cuando
nos conocimos y nos pasamos la noche
imaginando paraísos en los que malvivir
con el dinero del banco que me juraste robar”.